La coctelería en bodas ha dejado de ser un simple servicio de barra libre para convertirse en un ritual estético, emocional y profundamente personalizado. Hoy, la bebida no solo acompaña: cuenta historias, provoca memorias y marca el estilo de una celebración.
Lo último en tendencia: las barras conceptuales. Atrás quedó el mojito genérico. Ahora se diseñan experiencias líquidas como “Elixir de los novios” (mezcal con lavanda y cardamomo servido en copa de oro), “Cóctel de bienvenida astral” (infusión de jamaica con pétalos cristalizados y ginebra azul), o incluso opciones sin alcohol fermentadas como kombucha de rosas con espuma de lichi. La mixología botánica y sensorial reina.
En cuanto a vinos, los verdaderos protagonistas son los etiquetados únicos, biodinámicos, artesanales o con historia emocional. Las parejas buscan cada vez más vinos con narrativa: un rosé provenzal que probaron en su primer viaje juntos, un tinto mexicano como homenaje a su tierra, o etiquetas de autor con diseños poéticos que armonizan con la mesa. El vino ya no se elige por precio, sino por lo que comunica visual y gustativamente.
La gran innovación: la cata itinerante durante el banquete. Un sommelier presenta cada vino por tiempos, explica el maridaje con el menú y transforma el acto de beber en un performance educativo. Incluso hay bodas que integran estaciones de maridaje energético, donde según tu signo o chakra, recibes un vino o licor específico para alinearte con la energía del amor.
Y sí: el brindis ya no se hace con champagne industrial. El “espumoso de autor” o los pétalos congelados en cava rosé han llegado para quedarse.
Brindar en una boda hoy es arte, intención y espectáculo. ¿Qué vas a servir tú para hacer que cada trago cuente?





