Algunas bodas no solo unieron personas. Marcaron eras, crearon íconos y redefinieron el concepto de elegancia eterna. No fueron simplemente ceremonias: fueron manifiestos culturales, políticos y estéticos.

La boda de Jackie Kennedy y John F. Kennedy (1953) fue mucho más que un enlace político. Fue la coronación de la elegancia americana. Jackie, con su vestido diseñado por Ann Lowe, de tafetán de seda y cola de casi tres metros, se convirtió en símbolo de sofisticación clásica. Más de 800 invitados, 1,200 rosas blancas y un vals que aún resuena en la memoria colectiva.

Grace Kelly y el Príncipe Rainiero de Mónaco (1956) protagonizaron la verdadera boda de cuento. El vestido de encaje y perlas, confeccionado por la MGM, inspiró generaciones enteras de novias reales y ficticias. Más de 30 millones de personas vieron la boda por televisión, en un evento que convirtió a Hollywood en realeza europea.

Elizabeth Taylor no se casó una, sino ocho veces, pero su boda con Richard Burton en 1964 fue puro exceso glamuroso: diamantes históricos, banquetes en yates, escándalo mediático. Un amor tan apasionado como trágico, eternizado en cada lente.

Más recientemente, la boda de Priyanka Chopra y Nick Jonas (2018) fusionó el esplendor de la India con el diseño occidental. Ceremonia hindú, ceremonia cristiana, tres vestidos de alta costura, cinco días de celebraciones: un nuevo modelo de boda global y multicultural.

Y por supuesto, Diana y Carlos (1981). Más que una boda, fue un fenómeno planetario. 750 millones de personas la vieron en vivo. El vestido de Lady Di, con 10,000 perlas y una cola de 7.5 metros, aún es el más recordado de la historia.

Cada una de estas bodas definió un tiempo, una estética, una narrativa. Porque cuando el amor se mezcla con estilo, poder y belleza… nace la leyenda.